domingo, 19 de agosto de 2012

Perro viejo

Fotograma de la película animada "El viejo y el mar",
realizada en óleo sobre cristal por Aleksandr Petrov

El año pasa raudo y veloz por nuestras vidas; una vez se les da la bienvenida con bombos y platillos, los recién estrenados 365 días del nuevo ciclo solar se van tan rápido como el sueldo básico de la inmensa mayoría de los colombianos. Febrero parece eterno para los ciudadanos de este país que figura como uno de los que cuenta con mayor número de festivos, gracias a la siempre bien recordada ley Emiliani –promulgada en 1983 por un eminente padre de la patria con este apellido–, que traslada algunos festivos al lunes siguiente. Pero apenas llega el día de San José y se avecina la Semana Santa, las semanas cogen  vuelo y los acontecimientos empiezan a desfilar por los noticieros con la vertiginosidad de una carrera ciclística de persecución individual o por equipos en pista. En un abrir y cerrar de ojos el cliente en cuestión está planeando el paseo de mitad de año y cuando llega el otro mes sin festivos la vaina va tan embalada que el colombiano promedio se ve, de un momento a otro, apostándole a la candidata de su terruño en el Reinado Nacional de la Belleza en Cartagena, tal vez el más afrentoso derroche de lujo y dinero en una ciudad cuya población regular sufre todas las necesidades imaginables.

Como periódicamente se van dando los festivos y el ciudadano va adquiriendo un ritmo de semanas cortas cada tres o cuatro de las mismas, cuando ocurre el espantoso debacle de un festivo imposible de correr como el Día del Trabajo o el Día de la Independencia Nacional, voz que en estos tiempos suena más a chiste que a sentimiento patrio, las gentes encuentran un grave desajuste en su rutina cotidiana. Imagínese nomás, el día anterior al festivo se vuelve un viernes pequeño, imprevisto y alcahueta. Tal es el ambiente carnavalesco que los hoteles de paso, residencias, moteles, hostales, o como se les quiera llamar –el servicio que prestan es el mismo, dar cobijo y discreción a las parejas que no cuentan con el lugar, el tiempo o la oportunidad para desfogar intensamente su pasión–, aumentan hasta en un 50% sus tarifas de estadía y los precios de los licores y viandas allí ofrecidos. De otra parte, las autoridades se inventan eventos para aprovechar ese bache en la cotidianidad y no perder el objetivo inicial de la dichosa ley de los festivos: hacer que el ciudadano tenga tiempo libre, se aburra y calme su angustia gastando sus ingresos en cosas que no necesita. En esta ciudad se llama Bogotá Despierta y consiste en que el comercio en general funciona hasta bien avanzada la noche, pero en cuanto cierran lo mejor es correr, porque la policía se va a dormir y la delincuencia, obvio, despierta.

El día del festivo atravesado la urbe amanece sucia, abandonada y con resaca; todo funciona a media marcha, las panaderías rifan el pan del día anterior pues el panadero recién llegó a las seis y no muy bien, los periódicos permanecen apilados al lado de las ventas con los titulares decolorándose al sol sin ser leídos y la mayoría de la gente retoza en sus hogares escuchando música vieja o, como es usual, se queda pegada desde bien temprano al televisor. Como la televisión por cable está ahora al alcance de todos, los televidentes tienen una inmensa oferta para derretir su cerebro frente a la famosa caja idiota. Sin embargo, dentro de la inmensa cantidad de desinformación y alienación que trae consigo el menú de DIRECTV o la parrilla de Telmex o como se llame el monopolio que tenga el control por el momento, existen los canales culturales y un par de aquellos que pasan buena parte de la producción cinematográfica que pasó, pasa y pasará por la cartelera nacional. En una de esas mañanas melancólicas y abandonadas, después de algún concierto multitudinario de esos que brinda con cierta frecuencia la Alcaldía, me encontré tratando de reorganizar mi red neuronal viendo un programa que, si no logra el carácter de didáctico, cuando menos muestra hasta dónde llega el ocio de los gringos: Cazadores de mitos. En el capítulo en cuestión, se ponía a prueba el viejo refrán de “perro viejo no aprende nuevos trucos”, que en nuestra versión criolla se conoce como “loro viejo no aprende a hablar”. El punto de partida para someter la sentencia a escrutinio científico fue ¿a qué edad envejece una persona?

Los talentosos muchachos de Cazadores de mitos concordaron en que la edad en la que inicia el irreversible e inexorable proceso de la decrepitud está entre los cincuenta y cincuenta y cinco años. El asunto me dejó algo inquieto, no tanto como para impedirme descabezar una pequeña siesta que me liberó hacia las tres de la tarde acalorado, sediento y desorientado. Y como la del cable es una programación azarosa y feliz como los juegos de feria, dio el destino en regalarme una maratón de films con Jack Nicholson como protagonista. Tres filmes que, de alguna manera, relacioné con el experimento del programa de la mañana y su pregunta sobre la longevidad: Mejor imposible, Alguien tiene que ceder y Antes de partir. Muy a pesar de la deshidratación, del sueño persistente y de un sol criminal que resplandecía contra el suelo y llenaba de luz cualquier rincón de la casa, me di a la tarea de verlas y darme una respuesta sobre la vejez, la madurez, sobre cómo es que uno asume la vida después de tanto tiempo.

Es en verdad curiosa la selección hecha para esta ocasión. Las tres películas son comedias, las tres tienen por título sentencias o refranes de un tono casi pintoresco y las tres hablan de hombres mayores que enfrentan situaciones inusuales en sus vidas y cómo se relacionan con las mujeres. La primera de ellas, Mejor imposible, es una película estrenada en 1997 con un reparto de lujo que incluía a Hellen Hunt, Cuba Gooding Jr. y Greg Kinnear, y fue dirigida por James L. Brooks, uno de los genios creativos de Los Simpsons. Además, la cinta le otorgó a la Hunt y a Nicholson sus respectivos premios de la academia como mejor actriz y mejor actor. El meollo del asunto en este film está en la curiosa personalidad de un escritor exitoso que sufre del temido trastorno obsesivo-compulsivo que hace que la convivencia con el prójimo sea una tortura diaria para el paciente y su entorno. Para hacer más melodramática la cosa, su vecino es un pintor homosexual al que el escritor detesta y con el que termina teniendo una estrecha relación a través del perro del artista. Melvin, el escritor, y  Simon, el pintor, viajan a la ciudad del segundo para solucionar un grave conflicto en compañía de una camarera que resulta siendo la única persona en el mundo que soporta a Melvin, Carol. El personaje de Jack Nicholson logra desquiciar hasta al santo Job, pero con el correr de la cinta descubre que esa es la mujer adecuada para él y, de paso, entiende conceptos como amistad, compromiso y, sobre todo, se ve obligado, por cosas del corazón, a procurar ser un mejor ser humano. Un primer paso hacia la madurez de un ser tan egoísta que se negaba a entender que el mundo está más allá de su propia realización.

En Alguien tiene que ceder la directora Nancy Meyers pone en escena a Nicholson interpretando a Harry Sanborn, un rico empresario entretenido con una veinteañera, Frances McDormond, que sin querer queriendo se enamora de su madre, Diane Keaton, teniendo que enfrentar la ardua y casi insuperable competencia de un joven y atractivo médico que también cae seducido por los plateados encantos de la Keaton, Keanu Reeves. Con un guión inteligente, se presentan ante el público las más disparatadas situaciones cuando una pareja de veteranos en las lides amorosas y vivenciales cae en un devastador remolino de enamoramiento y desenamoramiento por las mismas causas de siempre, la introspección del hombre que no le permita ver más allá de sus instintos básicos. Sobreviene el inevitable final feliz en que el personaje de Diane Keaton supera la ruptura, se autoevalúa y decide regresar a los brazos del crápula de Nicholsosn y dejar viendo un chispero al médico, que como está joven no demorará en irse de juerga con alguna conejita de Playboy. No me queda claro si el rico hombre logró superar su inercia hacia la juventud de sus amantes o si la próspera escritora de teatro sólo perpetuó el círculo vicioso de porque te amo te lo perdono todo, pero a eso apunta el título de la obra, alguien tiene que ceder.

Para terminar la tarde, ya con las pupilas cuadradas y pixeladas por cuatro horas de films y comerciales, cuando mi cerebro empezaba a pensar en lemas de la publicidad, un prolongado silencio dio paso a la tercera película de la promocionada maratón, Antes de partir, cuyo título en inglés es Bucket list, término derivado de la frase “to kick the buck”, lo que traduce a nuestras latitudes “estirar la pata”. Dicho de una manera comprensible se trata de la costumbre que tienen algunas personas de elaborar una lista de cosas que procuraran hacer antes de morir. En esta cinta Nicholson comparte honores junto al célebre actor de pobladas cejas, el monstruo de la actuación, el señor Morgan Freeman. Esta es la historia de dos hombres que se conocen en la habitación de un hospital durante el tratamiento del cáncer que, indefectiblemente, los llevará a la tumba. El blanco, aunque parezca repetitivo, es un hombre de infinita riqueza que ha hecho de su vida una completa historia de éxitos, excesos, matrimonios, fortunas y fracasos. El afrodescendiente, por su parte, es un mecánico que frisa la hora de su retiro y, simplemente, quiere ser un abuelo feliz, sentado en el porche de su casa viendo el atardecer. Como un mero ejercicio de ocio Carter Chambers, el personaje de Freeman, comienza una lista de lo que le gustaría hacer antes de morir el mismo día que el médico le comunica a su compañero de cuarto Edward Cole, Nicholson, que le resta apenas un año de vida. El diagnóstico para Chambers es el mismo. Decide entonces el excéntrico millonario llevar a cabo la lista de su compañero de habitación. Hasta este punto la reseña, porque no se trata de resumir las tres cintas como para la separata de algún medio masivo, sino de invitar al lector a verlas, a reflexionar sobre la edad, el amor, la pareja –la actual y la que probablemente ya murió al otro lado del mundo–, sobre los hijos y nuestra relación con ellos a medida que nos volvemos viejos.

Apagué el aparato de televisión y muchas de las situaciones y frases de las tres películas me espantaron el sueño el resto de la noche. Revisé detenidamente lo que ha pasado en los últimos veinticinco años y si bien no tengo mayor cosa de la que arrepentirme, sí me hubiera gustado hacer las cosas de una mejor manera; la vida pasa tan rápido que pocas veces nos detenemos a observar lo que está ante nuestros ojos, los días pasan sin tregua y nos van haciendo mella en la memoria. Lo mejor sería detenernos de vez en cuando y respirar profundo el aire que nos rodea, fijar muy hondo en la mente los colores, las formas y convencernos a conciencia de que lo urgente no puede dejarnos sin tiempo para lo importante.

2 comentarios:

  1. Es como aquellas cosas tan simples que te provocan un honroso suicidio. Por demás, hace ya largo tiempo no quedaba prendado de algo que se encuentra por casualidad. A veces se hecha una ojeada a cada lado de cualquier blog, sin mucha consideración con el arduo trabajo que es mantenerlo, además, con cuestiones actuales y bien frescas. ¿Es casual o causal encontrar palabras con alma cuando más se necesitan?, divina riña entre el azar y el destino... En fin, tan sencillo como punzante, tan reflexivo como -dirían algunos, no yo- innecesario, para mí, tan oportuno como contundente. Gracias por la medida prosa. F.R.

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  2. Me encantó tu reflexión final, en eso justo, justo estaba pensando... Gracias por organizar tan bien las palabras...

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