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| "Ezekiel 25:17", Michael Kozlov |
El verano en Bogotá ha terminado. Las noches están
acompañadas de tormentas paramunas, con su eterna lluvia, agujas de hielo que
penetran la piel, un frío polar que barre las calles y me hace pensar en la
gente que duerme en ellas, en las prostitutas apostadas en el barrio Santa Fe
con sus diminutas faldas y los gigantescos escotes por donde se cuelan el
viento y las miradas. Pero es este clima al que mejor me adapto; los
atardeceres grises, encapotados, me impulsan a recorrer las calles de sectores
como Palermo, La Soledad, La Candelaria y me hacen irme lejos del presente, de
la situación económica, de la corruptela generalizada que afecta hasta el
campeonato rentado de fútbol profesional. Me largo para otras tierras, para
otras épocas; el reflejo de las lámparas de tungsteno sobre el asfalto, húmedo
y derruido, tiene el mismo efecto hipnótico que el strober en una discoteca. Me conecto al dispositivo y le pongo
banda sonora al escape.



